miércoles, 12 de diciembre de 2012

Tiempo y soledad


¿Existe el pasado?: No, no existe. ¿y el presente? : el presente se nos escurre.. ¿Y el futuro?: el futuro se intuye. Solo eso.
El pasado se extingue a velocidad relativa, pero se extingue. Cuando vamos en un tren y contemplamos  el paisaje por la ventanilla, los objetos todos: las casas, los arboles, las montañas, los postes de la luz o los automóviles que circulan por la carretera contigua se nos acercan lentamente. No están aún en nuestro presente, en nuestro pasar, en el viaje ese en el que el tren nos lleva. Son un futuro inmediato que llegará a nuestro puesto visor en unos minutos, en unos instantes. Al acercase aceleran un movimiento inexistente en ellos y constante en nosotros, en nuestro tren, en nuestra ventanilla en movimiento.  A nuestros ojos, ante el cristal de nuestro mirador, cuando llegan a nosotros, los objetos que se acercaban lentamente pasan raudos, en centésimas de segundo,  luego se alejan progresivamente cada vez más despacio hasta quedar inmóviles allá en su horizonte lejano y pasado.
Tres cosas, quizás, puedan sacarse del símil escrito supra.
-          Primero, que el sujeto está en movimiento; el yo, nuestro yo, no está estático en el tiempo…, no. Somos en movimiento, contemplamos la vida desde una plataforma móvil  que avanza desde el nacimiento hasta la muerte. Nuestro presente es la imagen fugaz de lo cotidiano, de lo que pasa y se extingue ante el cristal de una visión acelerada.
-          Segundo,  que el pasado no existe en tanto es; pero está en el recuerdo, en la memoria. No poder olvidar y no poder recordar es, casi, lo mismo, pues el yo, el yo absoluto que aspira a la transcendencia, no está fuera… sigue en el tren y como máximo puede mover la cabeza para otear alguna que otra imagen que ya más lentamente ha pasado o va a pasar ante sus ojos. En cierta medida estamos haciendo con ese giro de cabeza, profecía o historia. Solo eso.
-          Tercero, que nadie puede bajarse del tren. El tiempo es inexorable. Solo puede atisbarse esa posibilidad desde la locura.

Luego, más tarde, quizás después de escuchar un silbido profundo, nuestra vida se zambulle en un túnel y la luz interior del tren es la única que alumbra la vida. Queda en ese túnel, si es que sabemos escucharla, la soledad absoluta de la espera a oscuras, y la esperanza de ver en el mañana un paisaje repetido de casas, montañas, árboles y postes de la luz.
Para concluir, una consideración más: a veces, como decía antes, el objeto visualizado desde la ventanilla es un automóvil que corre por la carretera próxima. En ese caso el objeto permanece unos minutos en nuestra visión y en nuestro recuerdo y rompe en ese tiempo la soledad.

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